Sanar también es un arte

Mi rodilla habló, mi subconsciente avisó y ahora aprendo que sanar exige tanto movimiento del alma como del cuerpo.

Hay momentos en los que el cuerpo grita lo que el alma aún no ha terminado de entender. Esta semana, el dolor en mi rodilla se convirtió en un recordatorio brutal de eso. 

​Todo empezó durante un estiramiento asistido. El clásico ejercicio de mariposa, pero con peso extra... y de repente, un sonido durísimo que sentí hasta el alma, como si una "yuca gigante" hubiera estallado en mi rodilla. Lo más desconcertante es que, en medio de semejante impacto, tuve una sensación extrañamente instintiva: como si por fin algo encajara. Como si ese crujido revelara no solo una ruptura, sino también un ajuste necesario. ¿Masoquista? Tal vez. Pero fue una sensación muy clara, muy visceral.

​Ese sonido marcó el comienzo de una semana difícil, no solo físicamente, también emocionalmente. La rodilla quedó bloqueada, con un dolor punzante justo en el lugar donde ya arrastraba una molestia en el ligamento. Al principio, intenté minimizarlo. Me puse hielo, descansé un poco y me repetí que pasaría. Pero debajo de esa calma aparente, se escondía una presión que conozco bien: la de no parar. La de sentir que tengo que aprovechar cada instante de danza como si fuera el último. Esa ansiedad silenciosa que a veces me empuja más allá de mis propios límites.

​Lo más extraño es que, la noche anterior al incidente, tuve un sueño vívido. Soñé que bailaba, pero algo en ese escenario onírico me hacía sentir incómoda. Había una fuerza que me acompañaba, como una presencia que cruzaba una línea invisible, algo inapropiado que perturbaba el espacio. Ahora siento que mi cuerpo ya me estaba avisando. Una advertencia disfrazada de sueño. Me resulta imposible no verlo como una sincronía, en el sentido jungiano: una coincidencia significativa que conecta lo interno con lo externo, lo simbólico con lo físico.

​La fisioterapeuta confirmó lo que temía: un desgarro. Luego el ortopedista recetó medicación, ordenó una resonancia y estableció un plan claro, cuatro semanas sin bailar y doce sesiones de fisioterapia. Es difícil no venirse abajo. He pasado por momentos de tristeza, frustración y mucha, mucha impaciencia. Me cuesta aceptar que sanar también es una forma de avanzar.

​Pero, en medio de todo esto, algo se ha reafirmado en mí con más fuerza que nunca: lo mío es el movimiento. La danza no es solo lo que hago, es lo que soy. Y para seguir, tengo que aprender a cuidarme mejor, a escucharme más, a saber cuándo parar.

​Mi plan ahora es simple, pero profundo. Estoy comprometida con el descanso absoluto de la rodilla. Volveré a esos placeres que nutren el alma: leer, escribir, ver cine, colorear mandalas, que me sirve como meditación y me conecta con mi niña interior, y ¿por qué no? volver a tocar guitarra. Lo más importante, eso sí, no me desconectaré de los ensayos; seguiré vinculada como observadora, sin aislarme del proceso creativo del montaje en el que estoy.

​Esta etapa de recogimiento no es una pausa forzada. Es una inversión. Una forma de volver al movimiento desde otro lugar, más consciente, más respetuoso, más duradero. Estoy aprendiendo, aunque duela, que sanar también es un arte.

Comentarios

Entradas populares